Pero ven, anciano, vamos a mi cabaña y allí tú mismo,
una vez saciado tu ánimo de pan y de vino,
me dirás de dónde eres y cuáles son tus penas.»
Dicho esto, lo condujo a su choza el divino porquero;
entró secundándolo e hizo un lecho de ramaje espeso
y sobre él extendió la piel de una hirsuta cabra salvaje,
amplia y tupida, que usaba de manta. Se alegró Odiseo
de ser así acogido y, dirigiéndose a él, dijo:
«Que Zeus te dé, anfitrión, y los demás dioses eternos
todo lo que más quieras, pues me acogiste propicio.»
Y en respuesta dijiste, porquerizo Eumeo:
«Extranjero, no me parece bien desatender a un extranjero,
aunque fuera más pobre que tú. Pues todos son de Zeus,
extranjeros y mendigos, y sé que toda ayuda, por pequeña
que sea, se agradece.»

Homero, Odisea 14.45-59.

Griego