Así que Filetas siguió diciendo: «Eros, queridos niños, es un dios. Es joven, hermoso y alado y, por eso, se deleita con la juventud, persigue la belleza y da alas a las almas. Tiene un poder superior al de Zeus: manda sobre los elementos, manda sobre los astros y manda sobre sus iguales los dioses; ni siquiera nosotros tenemos tanto poder sobre nuestras cabras y ovejas. Todas las flores son obra de Eros, estas plantas son creación suya; a él le debemos también que fluyan los ríos y soplen los vientos. Conocí yo incluso a un toro enamorado y mugía como si le hubiese picado un tábano, y a un cabrón deseoso de una cabra y la perseguía a todas partes. La verdad es que también yo he sido joven: amaba a Amarílide y no me acordaba de comer, ni de beber, ni conciliaba el sueño. Me dolía el alma, tenía palpitaciones, sentía escalofríos; lloraba como si me estuvieran pegando, me quedaba callado como un muerto, me metía a los ríos como si estuviese ardiendo. Llamaba a Pan en mi ayuda, porque también él había amado a Pitis. Agradecía a Eco que repitiera conmigo el nombre de Amarílide. Rompía las siringas, porque conducían a mis bueyes pero no me traían a Amarílide. Y es que no hay medicina contra Eros, ni en forma de comida ni de bebida ni de ensalmo, como no sea un beso, un abrazo y un yacer juntos los cuerpos desnudos».

Longo, Dafnis y Cloe 2.7.

Griego