Periplo cuaderno de viaje Mapa del sitio

La necesidad y el deseo de ver superior una cultura ajena es tan grande como la necesidad de verla inferior; tan grande el deseo de quedar hechizado como el de sentir desprecio.[...] el extranjero en un país extraño ve lo que, por razones personales, emocionales o teóricas, quiere ver. Ibn Warraq.

Carnet de viajero.

Atenas: sillas de una café

Carmen

Atenas: atardecer en Monastiraki

Cuatro viajes, dos en coche y dos en avión. Dice Séneca: «No existe viaje alguno que te exonere de tus pasiones, de tus enojos, de tus temores» (1). De acuerdo, pero también es cierto lo contrario. A determinada edad el viaje tiene algo de iniciático, de grito a la parca, de salto a una zona en sombra en la que nos medimos. Y de la que volvemos (con el rabo enhiesto o entre las piernas) sabiendo un poco más. Convendría Séneca conmigo en que las faldas de mamá no daban para tanto.

Por cierto, que el filósofo sigue diciendo: «porque si existiera alguno las gentes, en apretadas columnas, lo llevarían a cabo» (1).

Quise aprender griego moderno por mis propios medios. Probé con Ta néa elliniká ya xénus, editado por la Universidad Aristotélica de Tesalónica, y me curtí en los kafeníos, los autobuses y las calles. Una vieja agenda me sirvió de diario. Y lo escribí en un griego tan perfecto que nadie pudo afearme una expresión ni error ortográfico alguno. Por supuesto, nadie lo leyó, y al final se lo llevó el tiempo; o lo que es lo mismo, uno de esos cambios de piso que son tan usuales en el tránsito a la madurez.

Un recuerdo del mar: Prosojí, parakaló. I kírii epibátes pu dén éjun akóma pári ta isitíriá sas..., que vale por decir: "Atención, por favor. Los señores pasajeros que aún no hayan cogido sus billetes..." Y otro de la tierra: Ré maláka!, algo así como: "¡Qué jodío!".

La compañía y la soledad, ambas enseñan y ambas se recuerdan. Paco, Jesús, Ernesto, Lena, Xenia, Pierre y su Constance, su amigo judío, la americana de Santorini, Patricia, Carmen, los españoles que hacían trasbordo para Tanzania, el camarero de Pilo, un sevillano con su Mercedes...

Entre los lugares: la terraza del Albergue Juvenil de Iráklion, la cubierta de un barco sobre la que dormimos, toda Creta, la playa de Esfacteria, Nafplio, el bosque de plátanos en Meteora...

Si he de elegir una imagen, será la popa blanca del barco al atardecer en la bahía de Santorini. El barco se llevaba a Carmen y fue empequeñeciendo, blanco cremoso sobre el azul, mientras un pañuelo, en la cubierta, nos confirmaba que ese había sido para todos nosotros un tiempo irrepetible.

Atardece en Monastiráki. Cae el sol y levanta una hojarasca, se arrumban los muros, fermenta el olvido sobre los maderos y las tejas viejas. Y sobre el olvido camina el tiempo nuevo que la certeza de la muerte hace también irrepetible.

«Lo que amé se perdió junto con las casas
que eran nuevas el verano pasado
y se hundieron con el aire del otoño».
Yórgos Seféris

1) «Nullum est, mihi crede, iter quod te extra cupiditates, extra iras, extra metus sistat; aut si quod esset, agmine facto gens illuc humana pergeret». Seneca, Epistulae Morales ad Lucilium 104.19.